El primer día del...

Todos hemos tenido esos despertares raros en los que, sin saber por qué, antes de siquiera abrir los ojos del todo nos decimos: “Hoy va a ser el primer día del resto de mi vida.”


Una frase enorme, casi de película, lanzada así, sin anestesia, con la boca seca y las legañas pegadas. Una inyección de optimismo antes incluso del primer café. Un chute de “puedo con todo” mientras aún estamos a medio camino entre el sueño y la realidad.

Ahí estoy yo, Maca, enredada entre las sábanas, sin saber todavía si empezaré con el pie derecho o con el izquierdo, sin saber si fuera llueve o hace sol, sin tener ni idea de qué hora es… y aun así ya estoy encarrilando el resto de mi vida desde la cama. Qué ilusas somos, pienso. Qué ilusas somos todas cuando todavía ni hemos pisado el suelo y ya queremos reinventarnos.

Hoy he pecado: he sido optimista.
Lo confieso.
Me he levantado con esa frase tatuada en la frente. “Hoy sí. Hoy arranco. Hoy me reinvento. Hoy empiezo.”
Me lo digo casi a escondidas, como quien acaricia un secreto, porque en mi interior hay brotes verdes, pequeñas semillas de fuerza y de coraje que empiezan a asomar.

“De nuevo, Maca… eres una ilusa de pacotilla”, me suelta mi Pepito Grillo interno con su tono de siempre.
Y tiene razón.
Porque yo misma me sé el guion: la frase épica, el subidón de esperanza, las ganas de poner la vida patas arriba… y, sin embargo, ahí estaba, con las legañas en los ojos, el pelo hecho un escándalo, la cara medio enterrada en la almohada, pronunciando mi frasecita como si fuera un mantra.

Y, para mi desgracia, hoy ha sido uno de los peores días de mi vida.
Sí, Pepito, no hace falta que me lo recuerdes.
De hecho, mañana quizá ni me levante. Así que no vengas a verme, date un día libre.
Encima llueve. Toma ya, guinda del pastel.

Pero —porque siempre hay un pero— incluso en medio de la lluvia, incluso en medio del desastre, hay algo dentro de mí que no se apaga. Algo que me empuja a repetir esa frase aunque me la tenga que tragar después. Algo que, aunque me caiga, me obliga a levantarme otra vez.

Quizá de eso se trata.
De que, aun con el pelo revuelto y el día hecho trizas, siga habiendo una Maca que, entre legañas, se atreve a decir “hoy empiezo”.
Quizá ese sea, en realidad, el verdadero comienzo del resto de mi vida.

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