Entra una mujer en el bar.
No elige cualquier sitio. Se sienta en la esquina más oscura, donde nadie va. El bar no está lleno, pero ella prefiere el vacío. Prefiere perderse.
La observo y me recuerda a esas escenas de cine que parecen escritas para las derrotas. La banqueta de madera que cruje. La espalda encorvada. El gesto agotado. El vaso en la mano. El whisky doble. Siempre whisky. Con hielo. Sin hielo. El matiz no importa. Lo que importa es hundirse un poco más despacio.
Y ahora la escena está aquí, viva. Frente a mí.
Pide lo esperado: “Un whisky con hielo.”
La voz firme, aunque rota.
Yo la miro desde mi mesa, con un maldito vaso de colacao. A esta hora ni café me permito. Solo cacao tibio, como si pudiera protegerme de todo. La conciencia ya se ha marchado; me deja sola con la imaginación, que no perdona.
—Lo ha perdido todo —me dice mi imaginación, tan segura de sí misma—. La persona por la que respiraba. La que le desordenaba el pensamiento y le ordenaba la vida. La que quería en cada mañana y en cada noche.
La chica pide otro whisky. La sed no se apaga. No se apaga nunca.
Y de pronto estoy sola.
Sola.
Sola.
Sola.
Sola como ella en la barra.
Me levanto. Camino hacia ella. Elijo el vacío por decisión propia. Me siento a su lado. Al camarero le digo: “Otro de lo mismo.” Ella sonríe. Yo asiento. No hacen falta palabras. Pero llegan. Siempre llegan.
Me cuenta que su novio, su futuro marido, después de siete años, se ha ido con otra.
No llora. No ahora. La procesión va por dentro. La envidio. Yo no sé guardar las lágrimas, se me escapan con rabia.
—¿Y tú whisky? —me pregunta.
—Buf… una larga historia.
—Tenemos tiempo.
Y se la cuento.
Y lloro.
Y sigo contando.
Y sigo llorando.
No hay lágrimas suficientes para despedirse de la persona a la que amas.


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