Bohemia, idealista, soñadora.
Siempre he vivido unos centímetros por encima del suelo. No porque no pudiera pisarlo, sino porque me pesa demasiado. El suelo está lleno de normas, de compromisos que asfixian, de relojes que te recuerdan que siempre llegas tarde, de deberes que no elegiste. El suelo, para mí, siempre fue sinónimo de rutina.
Por eso aprendí a despegar pronto. A construir mi propio mundo paralelo donde las cosas no son lo que son, sino lo que imagino que podrían ser. Donde una conversación mínima se convierte en un universo entero, donde un gesto pequeño puede parecer una declaración de amor.
Mi madre lo supo desde el principio. Yo tenía apenas dos o tres días de usar la razón cuando ya me advirtió: “Hija, vives demasiado en las nubes.” Y ayer mismo me lo repitió mi amiga de siempre, mi Pepito Grillo particular, la que me baja de golpe cuando me paso de altura.
Idealizo. Es mi don y mi condena. Espero demasiado de las personas, de las situaciones, de la vida misma. Espero que todo sea tan perfecto como lo imagino, y claro, no lo es. Nunca lo es. El mundo no tiene tanta paciencia para cumplir con mis expectativas.
Y ahí llega el choque. El golpe seco contra el suelo.
El momento en el que la realidad me recuerda que nada era como yo pensaba. Y entonces sí: entonces soy profundamente infeliz.
Pero, aun sabiendo eso, sigo soñando. Porque soñar es lo único que me salva del gris.


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