Sonaba una canción dulce.
En el baño, una niña se hacía pequeña en el suelo frío.
Rodillas al pecho. Cabeza escondida entre los brazos.
Lloraba sin poder parar.
La vida a veces aprieta tanto que te deja sin aire.
O casi. Te deja lo justo para llorar.
Llorar para vaciar, para respirar otra vez.
Aunque muchos lo nieguen, llorar es necesario.
Ella había perdido lo más importante.
Estaba convencida de que nunca tendría fuerzas para salir de ese baño, levantar la cabeza y vivir sin él.
El pestillo era su refugio.
El baño, su trinchera contra los recuerdos.
Fuera, alguien escuchaba.
Sabía que ese llanto no se apagaría enseguida.
La dejó sola un poco más. A veces hay que llorar hasta el final para poder recomponerse.
Luego entraría. Con una taza de chocolate caliente. Con un abrazo. Con palabras de madre:
que el amor es hermoso, que te hace tocar el cielo,
pero que también te puede tirar al suelo y dejarte sin aliento.
Y duele. Duele mucho.
Cuando estamos ahí creemos que nos morimos.
Creemos que nadie entiende.
Que somos las únicas.
Que esto no se supera nunca.
Que nadie sabe cuánto queríamos.
Pero hay cosas que se curan con tiempo, con abrazos y con una taza de chocolate caliente.
—Abre, cariño —susurró una voz dulce desde fuera.
El pestillo sonó.
La madre entró y sonrió, aunque le partiera el corazón verla así.
Dejó las tazas donde pudo y se sentó con ella en el suelo.
La abrazó como cuando era pequeña y lloraba por un raspón en la rodilla.
Pero ahora era diferente: un dolor sin mercromina ni tiritas de colores.
Una herida que solo el tiempo sabe curar.
—Me quiero morir, mamá —susurró la hija sin aire.
—No, hija. Aunque ahora lo creas, vas a superarlo. Créeme —respondió la madre con una leve sonrisa.
—No, mamá. Yo sé que no. —dijo ella, rota.
—Es tu primer amor. Tu primer dolor. Pero pasará. Te lo dice mamá.
Se quedaron en silencio, abrazadas, mientras el chocolate se enfriaba y las lágrimas enrojecían sus ojos.



que triste... pero qué buena la mami...
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