Recuerdo cuando era un enano torpe que apenas alcanzaba el suelo y aun así se empeñaba en aporrear las teclas del piano.
Para llegar a ellas tenía que ponerse de pie en la banqueta. Lo conseguía. Y lo que salía de ahí era un sonido horrendo, a destiempo, insoportable.
Yo, en el piso de abajo, le odiaba.
Quería estudiar y no me dejaba. Quería silencio y me regalaba caos. Hubo días en que subí las escaleras con la fantasía de estrangularle.
Hoy, tantos años después, me tumbo en la misma cama que me vio crecer.
Y suena un piano. Pero ya no es ruido. Es música.
Una melodía preciosa se cuela por las paredes.
Ese niño me saca ahora una cabeza. Y, mientras yo me iba, él se quedaba frente al teclado, insistente, terco, hasta convertir en regalo lo que antes era tortura.
Dice que me lo dedica. Por los exámenes que casi suspendo, por los tapones que gasté, por las veces que quise matarle.
Yo subo, le miro, le beso, le doy las gracias.
Es un artista.
Y yo fui su primer público. El más cruel, el más cansado, el más impaciente.
Quizá por eso esta música me conmueve más que a nadie.


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