Fly me to the moon

Acababa de responder a su último mensaje mientras sonaba Frank Sinatra de fondo. “Fly me to the moon”. Me parecía perfecto, pero todavía no me atrevía a apropiarme de la letra y pedírselo en serio: llévame hasta la Luna, déjame jugar entre las estrellas. Era pronto, demasiado pronto para eso. Aunque mis ganas opinaban otra cosa.

Nos conocíamos desde hacía poco, pero cada minuto parecía jugar a nuestro favor. O, al menos, al mío.

Mis días últimamente eran un cliché: sonrisas tontas, canciones que de repente parecían estar escritas para mí, las tonterías propias de la ilusión dando vueltas en mi cabeza como un tiovivo. Ay, maldita ilusión, que siempre sabes por dónde colarte.

La jornada estaba terminando y mi lista de tareas era simple: cerrar el ordenador, recoger, pasar por el súper y llenar la nevera, que ya solo guardaba telarañas. La ciudad, mientras tanto, me regalaba una primavera adelantada. Todo parecía acompasado, incluso el frío de última hora.

Vibró el móvil. Mensaje suyo.
Automáticamente, sonrisa.
Automáticamente, idiota yo.

Él: “Jornada terminada, ahora a descansar.”
Yo (en mi cabeza): Fly me to the moon, please.
Yo (en el mensaje): “¡A descansar!”

Me acompañaba mi lista de reproducción de los 60. Bajé en el ascensor cantando “Just a Gigolo” como si fuera Louis Prima, con más entusiasmo que dignidad. Afuera hacía frío, pero entre las trompetas y mis pasos ligeros, todo parecía menos hostil.

Entonces lo vi.
Él. Allí. Frente a mi oficina.

El corazón me hizo un nudo, la cabeza mil preguntas: ¿qué hacía aquí?, ¿cómo sabía dónde estaba?, ¿por qué me escribía un mensaje si ya venía de camino? Y, aunque odiaba sentir que perdía el control del momento, confieso que me fascinaba.

No necesité decir nada. Mi cara habló por mí: sonrisa de niña que se siente descubierta.

Él estaba nervioso. Yo también. Ni Sinatra me hubiera salvado.
—Hola… —le tembló la voz—. Sorpresa, espero que no te moleste.
Molestarme… ¡ojalá! Me hervían las ganas de decirle que me encantaba. Que por dentro estaba dando saltitos como una cría.

—He venido para que no pases frío de camino a casa. Ahora baja mucho la temperatura.
—No hacía falta…
—No me cuesta nada.

Qué detalle. Qué torpeza más bonita.

—¿Y si tomamos algo? —propuso.
—Claro. Pero antes… ¿vemos el atardecer? Está a punto y sé que te encanta.

Y allí estaba yo, recogiendo la sonrisa antes de que se me partiera la piel, subiendo a su coche sin dejar de escuchar a Sinatra dentro de mi cabeza.

Porque lo mejor del mundo, créanme, es que alguien aparezca de sorpresa en la puerta de tu trabajo. Lo mejor del mundo es que se preocupe de que no pases frío, aunque tú tengas claro que lo único que sientes es un incendio en el pecho.

Y aunque no lo diga en voz alta, en mi cabeza sigue sonando:
Fly me to the moon.

Gracias, Frank.




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