Cualquier regalo que intentara hacerte quedaría pequeño comparado con todo, absolutamente todo, lo que tú me has regalado. Y no, no hablo de los objetos cargados de intención que me sorprenden cuando llegan de las formas más insólitas: de manos de mi cuñado, a través de una dependienta en una librería de Barcelona, en forma de gincana o en cajas inmensas que llegan a casa.
Hablo de otro tipo de regalos. Los que no cuestan dinero, pero sí tiempo, entrega y cariño. Los que no se compran, se dan. Los que son más especiales que el último Mac o cualquier capricho que se me antoje.
Hablo de tu tiempo.
Del que me has dedicado estos años.
Del que se va en nuestras llamadas interminables, en un mensaje con un “¿Qué tal?”, en los audios de cinco minutos que resumen dos días enteros.
Del que has invertido en mis dramas y mis locuras, en mis alegrías y mis desidias.
Del que has usado para decir y hacer tonterías solo para que yo me ría.
Del que has gastado en aconsejarme, en darme broncas, en sostenerme, en tener paciencia conmigo cuando ni yo me aguanto.
Y dime, ¿cómo se compensa eso? ¿Cómo se devuelve? ¿Cómo se regala algo a la altura? Tú sueles tener todas las respuestas, pero a esta todavía no le encuentro la vuelta.
Nos conocimos en uno de los peores momentos de mi vida. He sido contigo mi peor versión, y aun así te quedaste. Sin condiciones. Sin reproches. Te quedaste. Eres fe ciega, confianza extrema, apoyo, ayuda, entrega, cariño, alegría, amparo.
Hoy cumples años y no encuentro un regalo mejor que seis letras:
G R A C I A S.
No es caro. No viene en una caja gigante que mi sobrina pueda usar de trampolín. Pero es lo más sincero que tengo junto con todo mi cariño.
Gracias por estar en lo bueno y en lo malo.
Gracias por ser.
Gracias por no dejarme caer, por levantarme y caminar a mi lado.
Gracias por contestar siempre a un mensaje de socorro.
Gracias por adelantarte, por no juzgarme, por entenderme.
Gracias por la complicidad, las carcajadas, las llamadas a horas imposibles.
Gracias por todo.
No es la primera vez que te lo digo, y no será la última. La deuda con tu amistad me obliga a repetirlo. Nunca me cansaré.
Tenerte en mi vida es algo que ningún regalo del mundo podría compensar.
Felicidades, David.
Te quiero.
P.D.: El 25 llega la segunda parte. Es lo que tiene tener dos cumpleaños.
P.D.2: La foto no podía ser otra.



No hay comentarios:
Publicar un comentario